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| | La escritora y académica Ana María Matute gana el Premio Nacional de las Letras -
Se trata del galardón más importante de este género después del Premio Cervantes -
Escritora de obra prolífica, firmó su primera novela cuando tenía 17 años -
'La palabra es lo más bello que se ha creado', ha afirmado esta autora octogenaria  Ana María Matute. (Foto: C. Miralles) MADRID.- La escritora y académica Ana María Matute, que dice haber querido reflejar en su obra "una mirada asombrada y rebelde", ha sido reconocida con el Premio Nacional de las Letras Españolas, considerado el más importante de este género después del Premio Cervantes. Este premio supone el reconocimiento a una obra fecunda en la que la imaginación, la magia y la fantasía ocupan un lugar importante. Dotado con 30.000 euros, se suma a otros galardones obtenidos por la escritora, como el Nacional de Literatura y el de la Crítica por 'Los hijos muertos', el Premio Nacional de Literatura Infantil por su narración 'Sólo un pie descalzo', y el Premio Nadal por 'Primera memoria' en 1959. Miembro desde 1998 de la Real Academia Española, Ana María Matute nació en Barcelona el 26 de julio de 1925. Escribió su primera novela a 17 años, titulada 'Pequeño Teatro', publicada 11 años después y con la que obtuvo el Premio Planeta en 1954. Matute, poseedora de casi todos los premios españoles, menos el Cervantes, y candidata en varias ocasiones al Nobel, es autora, entre otras, de las obras 'Olvidado Rey Gudú', 'Aranmanoth' y 'La Torre Vieja'. Estos tres libros conforman una trilogía ambientada en la Edad Media, una época que fascina a la escritora. A la recta final de las votaciones del jurado del Nacional de las Letras llegaron los nombres de Matute y de Juan Goytisolo, seguidos de cerca por los de Juan Marsé y Luis Mateo Díez, según dijeron fuentes próximas al jurado, que reconocieron lo difícil de la elección del ganador ante "la gran calidad literaria de la obra" de todos ellos. Una 'contadora de historias' Al conocer la noticia, que le han comunicado telefónicamente desde el Ministerio de Cultura, la escritora ha expresado "primero sorpresa, porque no me lo esperaba, y no tenía la menor noticia, no ha funcionado la rumorología". De todos modos, se ha mostrado "encantada" y "orgullosa" con el premio. "Contadora de historias", como a ella le gusta definirse, Ana María Matute ha sentido siempre fascinación por el bosque, una de sus grandes obsesiones literarias, que la escritora asocia con el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura, como dejó claro en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en enero del 98. Aficionada a hablar de su infancia y "predestinada a la literatura desde niña", Matute contó en aquel discurso que, antes de saber leer, los libros eran para ella "como bosques misteriosos", donde bullían "criaturas, deseos, sueños y tiempos desconocidos". Cuando aprendió a leer y se encontró con la palabra "bosque" en un cuento, supo que siempre se movería dentro de ese ámbito, porque "toda la vida de un bosque encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatoria de las palabras". Dotada de una imaginación portentosa, Matute halló en los cuentos infantiles un caudal de inspiración inagotable para los libros que escribiría de adulta. "Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto", ha dicho en alguna ocasión. Escribir, una forma de estar en el mundo Escribir no es para ella una profesión "ni una vocación siquiera". Es su forma de ser y de estar en el mundo, "un largo camino de iniciación que no termina nunca, como un complicado trabajo de alquimia o la íntima y secreta cacería de mí misma y de cuanto me rodea", ha señalado la escritora. Con sólo 17 años, Matute, que prefiere hablar de magia más que de fantasía al definir su literatura, escribió su primera novela, 'Pequeño Teatro' —publicada 11 años más tarde y galardonada con el Premio Planeta—, y en 1947 llegó el primero de la larga lista de éxitos de su carrera literaria, al ser finalista del Premio Nadal con su novela 'Los Abel'. Dotada de una gran capacidad de fabulación, es autora de más de cuarenta obras, entre las que figuran títulos como 'Los soldados lloran de noche', 'Luciérnagas', 'La oveja negra' y su trilogía medieval formada por 'La torre vigía', la aclamada 'Olvidado Rey Gudú' y 'Aranmanoth'. Matute siente pasión por la Edad Media, porque es un mundo lleno de contrastes y porque, como ha afirmado en alguna ocasión, "del mundo actual se puede hacer muy poca literatura". ELMUNDO.ES | EFE | |
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PEQUEÑO TEATRO.
Ana María Matute
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Con Pequeño teatro, Ana María Matute obtuvo en 1954 el premio Planeta. Tenía 28 años, pero había escrito la novela, según ella misma ha declarado, cuando sólo tenía 17.
Merece la pena rescatar esta novela escrita en plena juventud de la autora. Pequeño teatro es un texto colmado de hallazgos, lleno de presentimientos, impregnado de inquietud. Antes de convertirse en marionetas, los habitantes de Oiquixia son sacudidos por el deseo, transformados por el sueño, rescatados de su soledad. Es la mirada del loco, del inocente, del poeta...
Ana María Matute encuadra esta historia en lugares donde la lluvia es un «llanto nostálgico» que resbala sobre las piedras. Con esta elección, Ana María Matute marca ya una pauta que la singulariza entre los escritores de su generación, la preferencia por la metáfora, la melancolía de los relatos atemporales, la inclinación por la bruma del norte, la humedad de la tierra, el olor a salitre del mar, la magia de quienes se quedan atrapados en esas nieblas, de quienes se pierden, indecisos, insatisfechos, en busca de destinos que quizá se hayan dictado para ellos quién sabe dónde, quién sabe por quién.
Así comienza y describe la autora ese mítico y atemporal lugar en donde transcurre la historia:
"Oiquixa era una pequeña población pesquera, con callejuelas azules, casi superpuestas y unidas por multitud de escalerillas de piedra. Parecían colgadas unas sobre otras, porque Oiquixa había sido construida en una pendiente hacia el mar. Una sola calle, ancha, llana, atravesaba el poblado y recibía el pomposo nombre de kale Nagusia, porque en ella se elevan orgullosas las casas importantes de la localidad. Kale Nagusia avanzaba, avanzaba hasta convertirse en un camino largo y estrecho que se adentraba en las olas. Lo remataba un viejo faro en ruinas, cuya silueta se recortaba melancólicamente sobre el color del mar. Cuando llovía, parecía resbalar un llanto nostálgico sobre sus piedras. Al atardecer, se diría que todo Oiquixa estaba a punto de derrumbarse y caer en las aguas rosadas de la bahía. Era un hermoso espectáculo, tal vez parecido a un sueño absurdo, aquella extraña gradería de puertecitas y tejados reflejándose al revés en el agua. Pero en la noche, desde la colina, el muelle de Oiquixa era como un negro pulpo de ojos amarillos que avanzase sus tentáculos hacia las olas..."
Pequeño teatro se admira, sobre todo, por la complejidad de los personajes que cobran vida en sus páginas y que no son de ningún modo como las marionetas que actúan en el teatrillo que posee uno de los personajes secundarios y que fascina al protagonista, Ilé Eroriak, un joven que la voz que narra nos describe así:
«llé Eroriak era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el entramado de sus confusos pensamientos, y le hería dulcemente el corazón. Su gran de, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida. También su ignorancia, y sobre todo, aquella fe envidiable y maravillosa. Ilé Eroriak creía en todo, profundamente».
La descripción que se nos hace de Ilé Eroriak vale un poco para todos. Kepa Devar el propietario del Gran Hotel Devar, Aránzazu Antía, que se casó con él, Zazu, la joven que huye del amor pero no del placer, Marco, el forastero misterioso y rubio que intriga y seduce a los habitantes de Oiquixia, hasta a las mismas hermanas Antía, amargadas y rígidas... Todos tienen, todos pueden tener, ese toque de luz, esa posibilidad de brillo y de fuerza, un rapto de la imaginación. Todos, desde luego, comparten la ignorancia de la vida, viven inmersos en el enigma.
A pesar del aire melancólico que recorre las páginas de Pequeño teatro, a pesar de la tristeza y los fracasos y los finales desdichados y solitarios, el viento implacable del deseo, la fuerza inagotable del sueño, sacuden el escenario, le hacen temblar. Se presiente la tragedia, la grandeza de las pasiones.
Y como sucede con las cosas importantes de la vida, sobran las descripciones y los halagos. Las própias palabras, la historia, hablan por sí mismas, por eso, mejor callar y que empiece la finción. Psii....silencio....se apagan las luces, se sube el telón...la función, el pequeño teatro, acaba de empezar:
"...Allí, en aquel muelle, nació Ilé Eroriak. Ilé Eroriak quiere decir Pelos Caídos, y ningún otro nombre le hubiera sentado mejor. Era un muchachito menudo, con un mechón de cabello negro y rebelde, como la crin de un potro, que se alborotaba sobre la frente. Estaba siempre muy sucio, con escamas relucientes pegadas a la piel y a la ropa. Pero tenía los ojos azules, como mar que duerme. Puede decirse que Ilé Eroriak vivía en todos los rincones de Oiquixa y en ninguno. San Telmo, el viejo barrio de pescadores, era su lugar preferido. No sabía si porque allí habitaba su viejo amigo, su anciano y único amigo, o por el influjo que sobre él ejercía la campana de la iglesia. También solía vagar por el puerto. Su figura desgarbada, sus pies, heridos por el frío y los despojos afilados del muelle, eran familiares a los pescadores. Cuando podía, ayudaba a descargar los buques, enrolándose como menudo eslabón lleno de orín en la cadena de hombres que recibían su salario. Comía alguna cosa que le daban, restos del rancho de algún barco, que recogía en una lata vacía, y se gastaba el dinero en vino o en aguardiente, para alegrar su corazón y sus pensamientos. Muy a menudo, en las tardes de sol, se sentaba apoyando la espalda contra la pared, y contemplaba el gran letrero rojo que resaltaba sobre el blanco muro de la oficina del puerto. No sabía leer, pero alguien le dijo en una ocasión que allí decía: «Kepa Devar. Consignatario de Buques». Ilé Eroriak no lo había olvidado, dándole vueltas y vueltas a ese nombre y a lo que sabia de él. En el fondo de su alma guardaba una inmensa admiración hacia aquel ser. Sólo las almas quietas pueden admirarse como Ilé Eroriak. Sabía que si alguien le hubiera enseñado a leer, a cada paso sus ojos deletrearían sobre rojos carteles: «Kepa Devar. Almacenes de carbón». «Kepa Devar. Fábrica de cemento.» «Kepa Devar. Oficinas.» Y Kepa Devar, a quien veía pasear en el atardecer solitario, pensativo, imponente, se convirtió para Ilé Eroriak en un ser fantástico, en el más grande de los hombres. Ilé Eroriak era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el enramado de sus confusos pensamientos, y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida. También su ignorancia, y sobre todo, aquella fe envidiable y maravillosa. Ilé Eroriak creía en todo, profundamente. Amaba el mar sin saberlo, hasta el punto de ser, hasta entonces, la única cosa en el 6 mundo capaz de hacerle llorar o reír. Pero de todas estas pequeñas cosas de su alma, solamente un hombre sabía y comprendía. Era éste un anciano, dueño de un mundo mágico: un teatro de marionetas. Vivía en la parte alta de Oiquixa, y muchas veces compartían la comida. Si al llegar la noche el anciano encontraba al muchacho acurrucado en las gradas de la iglesia, le despertaba y le llevaba a su cubil, debajo del teatro, donde el anciano tenía su vivienda. Ilé Eroriak podía entonces dormir en un estante empotrado en la pared, junto a los muñecos rotos. Así llegó a familiarizarse con aquellos cuerpecillos desarticulados, con aquellas fantásticas cabezas de madera heridas por sonrisas que se habían convertido, con el tiempo, en muecas llenas de melancolía. El anciano era jorobado y deforme, y en Oiquixa llamábanle Anderea. Él mismo tallaba sus muñecos, él mismo trenzaba sus historias. Amor y odio vivían, bajo la noche azul con estrellas de estaño, su pequeña vida de mentira. Allí estaban todos. Colombina, grácil y voluble; el alegre Arlequín, y Pierrot, el romántico. Muchos de ellos pasaron por las manos hábiles de Anderea, y a su muerte eran relegados al estante donde dormía Ilé Eroriak. Solamente había un muñeco que resistía al tiempo, como si fuera eterno, porque nadie sabía cuándo nació y no parecía querer morir. Impasible y sonriente, contemplaba la gloria y la ruina de sus compañeros. El anciano le quería y le cuidaba más que a ninguno, porque era un polichinela jorobado que se parecía a él. Cuando Ilé Eroriak sentía miedo de las figuras que formaban las olas, corría a esconderse en la vivienda de Anderea y contaba a éste lo que había visto. Su buen amigo le escuchaba con atención mientras pintaba un madero o recortaba una peluca crespa. Le escuchaba y le creía, y el muchacho le amaba por eso más que por dejarle comer de su plato, más que por dejarle dormir en el estante de los muñecos olvidados. Aquellos muñecos que acariciaba con una ternura que ignoraba él mismo. Desteñidos, sucios. Estaban muertos, monstruosamente sonrientes, mientras silbaba el viento por los resquicios de las ventanas, allá arriba, en la sala del teatro. Muy a menudo, Ilé Eroriak soñaba con ellos. En sueños, muchas veces le aterraban hasta despertar bañado en sudor. Trepaba entonces por la escalerilla de mano que conducía al escenario, y, saltando atropelladamente sobre las vigas, sobre los rollos de cuerdas, sobre los bancos, abría la puerta para poder ver la luna, ancha, cercana, y el resplandor azulado que pulía la callejuela entera. Cada una de las piedras brillaba con un blanco extraño, nuevo. Todo parecía limpio a aquella hora. Llegaba la brisa del mar hasta su rostro, hasta sus párpados cargados de sombras. Ilé regresaba a su sueño, dentro del estante, bajo el escenario. De nuevo bajaba una gran paz hasta su corazón. En estas ocasiones sus sueños eran diferentes. Soñaba con Kepa Devar. Y lo veía grueso, imponente, con sus manos velludas y cargadas de anillos, estrechando las suyas, sucias y morenas." (Fin primer capítulo)
Ana María Matute. Pequeño Teatro. >
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| | | | "En el bosque" Defensa de la fantasía Por Ana María Matute Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar discursos. Apelo, pues, a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la única razón por la que he llegado hasta aquí: yo soy una contadora de historias. Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación en la literatura, que son para mí algo tan vital como el comer y el dormir, y que opongo a la aridez de la actitud que tan a menudo nos rodea, que se niega a ver la dimensión espiritual de lo material. Así, es mi intención invitaros, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el «bosque» que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra. Y desearía hacerlo bajo la invocación de «Alicia en el país de las maravillas», con los siguientes versos: «Recibe, Alicia, el cuento y deposítalo / donde el sueño de la Infancia / abraza a la Memoria en lazo místico, / como ajada guirnalda / que ofrece a su regreso el peregrino / de una tierra lejana». El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos. Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad. Desearía, pues, exhortaros a participar, durante el breve tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño.No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en éste. Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo. Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí. Su mera imagen siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o escondidos en la espesura de los zarzales. Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. «Cuando yo sea mayor –pensaba– haré esto». Ni siquiera sabía que «esto» era participar del mundo imaginario de la literatura. Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra «bosque» en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque –misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente– encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el credo por las palabras. Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán. Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba. Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez. Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la primera historia contada. Es Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente. De la oscuridad surgía, gracias a las fantasías y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto. Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía, porque los llamados «cuentos de hadas» no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos:historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas «polìticamente correctas», porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos. Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas. Pero en esas leyendas, en aquellos «cuentos para niños» –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen,Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo– se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana.Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano. (...) No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo. Tenemos que pensar que de alguna manera aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres que pisaron reciamente sobre el suelo y que hicieron frente a la brutalidad y a la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo... El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada. No seamos tan descreídos, no tanto como para imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos encontrarnos, al final, con las manos vacías. No olvidemos que el diablo entra en todos los conventos, que Dios reside en todas las criaturas vivas del mundo, que la palabra descubre, desentierra del olvido o de la indiferencia futura aquello que nos hace distintos de las bestias. la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar (...) Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones..., porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad. Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana. Porque escribir, para mí, ha sido una constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí, hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente, pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre cuando escribo.(...) Porque escribir es, qué duda cabe, un modo de la memoria, una forma privilegiada del recuerdo; yo sólo sé escribir historias porque estoy buscando mi propia historia, porque acaso escribir es la búsqueda de una historia remota que yace en lo más profundo de nuestra memoria y a la que pertenecemos inexorablemente. Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido. La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor. Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad. Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro «yo» más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra «semejante», que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra «otro». Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito. (...) Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, que sencillo y verdadero. Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse «tú» o «yo». (...) La palabra «hermano», la palabra «miedo», la palabra «amor», son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo.Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar. Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar.Porque las palabras –lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de «Alicia»–: «Invaden un País de Maravillas... / Es como ir por un caudal corriendo, / Ligero y tan fugaz como un destello...» Porque «La vida, dime: ¿es algo más que un sueño?» "En el bosque" Defensa de la fantasía Por Ana María Matute |
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